CELEBRACIÓN DE LA RECONCILIACIÓN Y  DE LA ACCIÓN DE GRACIAS

 

Nota previa.- Esta Celebración de la Reconciliación con Eucaristía está pensada no para niños/as pequeños o adolescentes (aunque algunos elementos se pueden tomar) sino para gente más joven, a partir de los 16, para grupos de catequistas, para educadores, para una misma comunidad religiosa que quiere celebrar la Reconciliación antes de Semana Santa y pascua. Incluso puede utilizarse en una comunidad parroquial que separa orar y darle sentido a los símbolos. 

 

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo

 

Invitación a la Reconciliación

 

Preparamos nuestro ser, tomando conciencia de nuestra limitación, con el salmo-oración de súplica inicial:

 

SEÑOR, tú me llegas hasta el fondo y me conoces por dentro .

Lo sé: me conoces cuando no paro o no sé qué hacer.

Mis ilusiones y mis deseos los comprendes como si fueran tuyos.

 

En mi camino has puesto tu huella,

en mi descanso te has sentado a mi lado,

todos mis proyectos los conoces palmo a palmo.

Tú oyes el corazón humano sumido en el silencio,

cuando aún no tiene palabras para abrirse a ti.

 

Es increíble: me tienes agarrado totalmente,

me cubres con tu palma y me siento tuyo.

Como grano de arena en el desierto,

como gota de agua perdida en el mar,

así me encuentro ante ti.

Dios mío, quiero abrir mis brazos y abrazarte,

quiero llegar hasta tu orilla y nunca toco tierra.

 

Me digo y no sé responderme: ¿A dónde iré

que no sienta el calor de tu aliento?

Me digo: ¿A dónde escaparé

que no me encuentre con tu mirada?

 

Cuando escalo mi vida y me supero, allí estas tú.

Cuando me canso en el camino y me siento barro,

allí, perdido en mi dolor, te encuentro a ti

cuando mis alas se hacen libertad sin fronteras

y vislumbro el despertar de algo nuevo;

cuando surco los mares de mis sueños

y pierdo la arena pegadiza de mis playas,

allí está tu mano, y tus ojos, y tu boca...

 

Allí, como Amigo fiel, de nuevo estas tú.

Tú eres como manantial de donde brota el río,

como raíz de donde arranca el árbol.

Tu vida se ha hecho vida en mis entrañas,

me has dado el origen y quieres que camine

hacia la meta que no es otra sino tú.

 

Soy tuyo: sólo tu amor da respuesta a mi pregunta.

Me amabas ya cuando me tejiste en el seno de mi madre.

Te doy gracias porque me has llamado a ser feliz.

 

Señor, me conoces hasta el fondo de mi alma,

nada se te esconde de cuanto soy en lo más profundo.

Yo me pregunto si el sentido de mi vida

puede darse si le faltas tú.

 

Señor, aunque mi árbol se quede sin hojas,

aunque la poda lo deje desnudo y solo,

aunque el frío lo apriete hasta hacerle llorar,

Señor, en mi árbol, mi hoja serás siempre tú.

 

Dios mío, sondéame para conocer mi corazón,

ponme a prueba para conocer mis sentimientos,

mira si mi camino se desvía o se vuelve camino muerto.

Guíame por el camino que has abierto entre nosotros.

Quiero hacer de él un proyecto para mi vida,

y, paso a paso, desde lo hondo de mi ser, vivir para ti.

 

Todo ello te lo pedimos con la ayuda de tu Hijo Jesús, que vive contigo y con nosotros por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

Examinamos nuestra vida personal, comunitaria, religiosa, profesional.

 

Somos sinceros con nosotros mismos y con Dios.

 

Escuchamos la lectura de la Palabra

 

 

Como Evangelio se lee despacio la “Parábola de los retornos”

        

Esta “parábola de los retornos” nos indica claramente qué tipo de PADRE Bueno tenemos y cómo –aunque vaya disminuyendo el valor del banquete- no por eso el perdón, la alegría del reencuentro con el hijo o hija que vuelve es menor. Lo importante no es el banquete de la fiesta (que es una consecuencia) sino la enorme capacidad de acogida, de perdón, de alegría, que el Padre siente cada vez que uno de los suyos vuelve a la casa paterna.

 

Hay que leerla muy despacio. Saboreando cada frase, cada “retorno”. 

 

PARÁBOLA  DE  LOS  RETORNOS

 

El padre de la parábola tenía dos hijos.

El hijo mayor era un pendón de procesión, el pequeño un pendón de taberna. Con los dineros del padre, el pequeño se marchó por ahí. Terminó comiendo algarrobas. Las algarrobas mal digeridas le endulzaron el corazón.

 

Volvió a casa con el endeble arrepentimiento de los débiles.

El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos.

Para la fiesta del retorno mataron un novillo cebado. El hijo mayor murmuraba por lo bajo, pero se sentó a la mesa. El novillo cebado sabía a perdón.

A la mañana siguiente los dos mozos fueron a trabajar, sin hablarse demasiado. Por cada surco que abría el pequeño, el mayor hacía tres. Al caer el día, el mayor se dedicó todavía a limpiar las bestias del establo, mientras el pequeño no tenía ya fuerzas para nada.

Así fueron pasando los días. El mayor hacía lo de siempre. El pequeño estaba inquieto. Marchaba al atardecer y volvía tarde oliendo a vino.

Un día desapareció. Había vuelto a las andadas.

 

Al cabo de cierto tiempo, regresó vencido.

El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos.

Para la fiesta del retorno mataron un cordero. El avinagrado rostro del mayor entristecía la mesa. Pero el cordero tenía mejor sabor que el novillo cebado, sabía más a perdón.

A la mañana siguiente los dos mozos salieron a trabajar sin hablarse nada. El pequeño notaba cómo el hermano mayor se le adelantaba siempre al abrir los surcos. Al caer el día, ya en casa, el mayor se dedicó todavía a aparejar los aperos, mientras el pequeño no podía con su alma.

Pasaron los días. El mayor hacía lo de siempre. El pequeño llegaba tarde oliendo a vino.

Un día desapareció. Había vuelto a las andadas.

 

Cierto tiempo después, regresó delgado, pálido.

El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos. Para la fiesta del retorno mataron un pollo. El mayor estaba muy cabreado, callaba y comía de cara al plato. Pero el pollo tenía mejor sabor que el novillo cebado y el cordero, sabía más a perdón. A la mañana siguiente los dos mozos fueron al campo, alejados el uno del otro. El pequeño trabajaba por rutina. Al mediodía ya no pudo más. El mayor lo encontró derrengado en casa.

Pasaron los días. El mayor hacía lo de siempre. El pequeño

tenía la mirada perdida.

Un día desapareció. Otra vez a las andadas.

 

Cuando regresó, destrozada su cara por la tristeza, ya ni hombre parecía.

El padre le esperaba y le vio llegar desde lejos.

Para la fiesta del retorno en la mesa sólo hubo un plato. El mayor estaba más cabreado que nunca. El padre callaba, pero callaba de otra manera. El hijo supo que cada día, cada día en la mesa había habido un lugar y un plato para él. Esperándole. Y aquel plato sin cocido tenía un sabor mucho mejor que el del novillo cebado, el cordero o el pollo. Mucho mejor que todas las comidas. Era el gusto de un perdón infinito.

Pasaron los días. El hijo mayor cada vez más perfecto, con la perfección del hielo. El padre continuaba infinitamente tierno.

El hijo pequeño marchaba y volvía, marchaba y volvía.

 

Marchó y volvió setenta veces siete.

El padre le esperaba y le veía llegar desde lejos. El hijo encontraba siempre el plato en la mesa.

Aunque el mayor fuera incapaz de entenderlo, el padre sí lo sabía. Sabía que el hijo pequeño algún día totalmente vencido, sin fuerzas, desnudo como los que vienen del infierno, se sentaría en la mesa para no marchar ya nunca más.

Benditos esos setenta veces siete retornos.

Tras ellos el hijo pequeño supo qué clase de padre tenía. Como lo sabemos todos los que hemos tenido que confesarnos. Setenta veces siete.

Y cada vez en la mesa celebramos la fiesta del retorno con el Pan y el Vino de la Eucaristía.

 

                                                              Josep M. Ballarín

 

Hacer un breve “silencio”, dejando que sea Dios quien nos hable. 

 

Nos disponemos ha recibir la absolución personal de nuestros pecados..

 

Antes de recibir la absolución personal, el penitente expresa su arrepentimiento con una frase propia: p. ej: “He pecado, pido la misericordia y el perdón del Señor y de los demás”, “Me siento arrepentido y pido el perdón de mis faltas”, etc.

 

El sacerdote extiende sus brazos sobre la cabeza del penitente y le da la absolución.

 

 

Oración-Salmo de Acción de Gracias por el Perdón

 

Lo escuché.

Era justo lo que estaba ansiando.

El otro me dijo:

“Yo te perdono”

y un borbotón de vida se abrió ante mí.

 

Al fin, ¡ya podía levantar la cabeza!

¡Ya podía caminar de nuevo!

¡Ya podía vivir con la paz en el alma! 

 

Algo aún se cierra,

Más aún, la vida se cierra

ante entrañas sin misericordia.

 

“Yo te perdono”

son las nuevas palabras

que nos crean de nuevo

y nos infunden vida

después de haber ido al país

de nuestros gustos y de nuestros antojos.

 

De ahí sólo se sale escuchando;

“Yo te perdono”.

Pueden perdonar los que nos quieres de verdad.

Pueden perdonar los que han experimentado

en su propia vida la gracia del perdón.

 

Pueden perdonar los que creen en el otro

y le dan la oportunidad para caminar de nuevo.

Pueden perdonar los que viven sin medir

ni echar en cara las faltas de los demás.

 

Los que no conocen el perdón en su vida,

no pueden perdonar ni olvidar.

Sólo serán jueces

sin que nadie les haya pedido que juzguen.

 

“Yo te perdono”

es la gran palabra del hombre Jesús, que es Dios,

y de todos aquellos otros hombres y mujeres

que llevan a Dios presente en sus vidas.

 

“Yo te perdono”

es la gran palabra que nos reconcilia

con el amor, con nosotros mismos,

con el dolor, con los demás,

y, sobre todo, con Dios.

 

Por eso,  te decimos juntos:

 

Gracias, Señor, por tu perdón.

Gracias, Señor por la reconciliación.

 

 

 

Plegaria Eucarística

 

 

Gesto Final  

 

Puede hacerse (si no se hizo ese día) lo mismo que el Miércoles de Ceniza, el mismo gesto simbólico de los ladrillo pequeñitos.

 

Se explica que los ladrillos simbolizan la construcción de la casa, de la casa interior personal. “Si el Señor no construye la casa, la escuela, el hogar, la ciudad, en vano se cansan los albañiles”. Es el Señor quien nos construye y, sobre todo,  es el Señor quien nos reconstruye cuando hemos caído.

Reconstruir y reconciliar serán las dos palabras de este tiempo hasta la Pascua.

 

 

SALMO de Acción de Gracias

 

Si el Señor no construye mi casa,

en vano se cansan mis animadores.

Si el Señor no guarda nuestra escuela,

en vano vigilan nuestros directores.

 

Toma mis fuerzas, Señor, y dame tu gracia.

Toma mi esfuerzo, Señor, y dame tu lealtad.

Construye mi casa, fortalece mi fe.

Construye mi escuela: aviva mi esperanza.

Construye mi clase: tonifica mi caridad.

 

Yo sé, Señor, que todo en ti es don.

Yo sé, Señor, que tú eres mi riqueza.

Sé ánimo en mi cansancio

Y apoyo en el peregrinar de cada día.

 

Guarda mi ciudad: como un niño me abandono a ti.

Guarda mi vida: mi corazón te pertenece

Guarda mi trabajo. Mi voluntad quiere ser tuya.

 

Yo sé, Señor, que tú me cuidas y proteges

como a las pupilas de tus ojos.

Yo sé, Señor, que tú me guardas y preservas

como la gallina a sus polluelos.

 

Señor, muchas veces me siento perdido.

Tú dices que es inútil que madrugue,

que es inútil que me acueste tarde,

que es inútil que coma el pan de la fatiga.

Tú dices:  ¡que lo das a tus amigos mientras duermen.

 

Quiero ser tu amigo y nada exigirte.

Quiero tu amistad y vivir tu gratuidad.

Quiero ser ti amigo y aceptar tu salvación.

Quiero ser tu amigo y dejarme querer por ti.

 

Tus dones, Señor, son la riqueza de mi corazón cristiano.

Tu gracia en mí, es tu vida sin término en la escuela,

Tu vida dada sin medida  a favor de todos.

 

Que tu Reino, Señor, alegre mi ser.

Que sea dichoso al saborear tu paz.

Que mi corazón se deje levantar por ti cada mañana.

Que mi vida esté atenta a tu acción creadora.

 

Oh Dios, dador de vida.

Oh Dios, dador de salvación.

Oh Dios, Dios gratuito y generoso para con todos,

acompáñanos en todo instante,

para que juntos construyamos el futuro de esperanza.

 

                            Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo...

 

 

Estos ladrillos pequeños que vamos a imponer a cada uno, nos recordarán que no podemos “destruir” la casa de Dios ya que EL quiere vivir en nuestra casa., que no podemos hacernos ni hacer daño a nadie.

 

Juntos vamos a orar:

 

Señor Jesús, si Tú nos construyes nuestra casa personal, si no estás dirigiendo la obra de nuestra vida, es muy posible que todo se nos venga a bajo.

 

Fortalece nuestras vidas, nuestros pasos, para que crezcamos contando contigo.

 

Da consistencia día a día, ladrillo a ladrillo, a nuestra personalidad humana y cristiana. Que este “pequeño ladrillo” nos recuerde en cada instante que tú eres la piedra angular, el arquitecto de nuestras vidas.   

 

Nosotros queremos darte cobijo y acogida a ti y a los demás en nuestra vida.

 

Así nos sentiremos acompañados por tu presencia y la de los otros cada día.

 

Te lo pedimos, Señor Jesús, que vives con nosotros por los siglos de los siglos. Amén.

 

Bendición final y despedida.