| La razón teológica es que todos los bautizados constituyen un sólo linaje | |
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Por Josep Ignasi Saranyana Desde hace unos años se habla mucho de que la Iglesia debe pedir perdón por sus "errores históricos,. Es decir, por aquellos comportamientos de los fieles que han supuesto un cierto antitestimonio, han comprometido la fe o manchado la buena imagen de la Iglesia. Juan Pablo II no ha tenido reparos en reconocer siempre la verdad allá donde estuviera y "pedir perdón" si era el caso. Y es que, al margen de las circunstancias particulares de cada episodio, el reconocimiento de los errores pasados tiene una enjundia teológica notable.
ste especial está dedicado a la revisión de algunas de las actuaciones quizá más desafortunadas de los órganos centrales de la Iglesia (por ejemplo, dicasterios romanos o asimilables); o de la jerarquía eclesiástica (obispos, abades y superiores eclesiásticos); o de los cristianos actuando más o menos corporativamente (en sistemas sociales hierócratas o regalistas). Es decir, aquellos comportamientos que han supuesto, al menos desde nuestro punto de vista, un cierto antitestimonio por parte de los fieles (ordenados in sacris o no; consagrados o no; individual o corporativamente), con daño para la fe o el buen nombre de la Iglesia. Es obvio que la denominación "error histérico" tiene, con frecuencia, carácter eufemístico, pero no por ello dejaremos de usarla. Los casos que suelen citarse son conocidos de todos: sentencias de la inquisición romana o de la Inquisición española o, incluso, la misma existencia de tales tribunales extraordinarios; politices de dudosa moralidad, que se han mezclado con experiencias evangelizadoras, a veces haciéndolas posibles; prácticas socioeconómicas de instituciones eclesiásticas, que han supuesto explotación de los más débiles; violación de los derechos humanos toleradas o "bendecidas" por los eclesiásticos de determinadas épocas; condenas de hipótesis filosóficas 0 teológicas, que después, a la larga, se han mostrado verdaderas o, por lo menos, fecundas; censuras de intelectuales, que la posteridad ha rehabilitado; y tantos ejemplos más, suficientemente conocidos, cuya enumeración detallada resultaría prolija. La polémica no es nueva. Conocemos
abundantes casos del periodo medieval, como las recriminaciones de Pedro Abelardo a
los crédulos monjes de San Dionisio, las acusaciones de los legisperitos de Felipe
el Hermoso contra Bonifacio VIII, las diatribas de los fraticelos contra el
Papa Juan XXII, o las amargas quejas de los husitas contra el Concilio de
Constanza, por citar algunos momentos emblemáticos. Pero la polémica se acentuó en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y luteranos invadieron también el campo historiográfico. Las recriminaciones a la Iglesia adquirieron particular acritud en los años de la Ilustración, sobre todo por parte de los ilustrados franceses, y se consolidaron con las polémicas entre revolucionarios y restauracionistas de la primera mitad del siglo XIX. Ahora las acusaciones se enmarcan especialmente en dos ámbitos: el de las relaciones entre la fe y la razón científica, y el de la atención a los derechos humanos.
JUAN PABLO II "PIDIÓ PERDÓN" Juan Pablo II ha observado, con
respecto a los "errores históricos,, una conducta que no ha pasado inadvertida: no
le ha importado "pedir perdón por algunos de estos antitestimonios. Recordemos sus
discursos con ocasión del quinto centenario de la evangelización americana,
disculpándose por el mal trato que algunos cristianos, a veces en nombre de la fe,
infligieron a los amerindios y a los afroamericanos; o su condena del perverso tráfico
esclavista que practicaron las potencias atlánticas, cristianas e incluso católicas, en
el Bajomedievo y en los siglos modernos; o rectificando varios extremos del denominado
"caso Galileo". Además, se sabe que ha pedido la
opinión de los expertos con relación a otros antitestimonios, como la intolerancia
inquisitorial o las censuras declaradas contra Lutero. Tal praxis pontificia no es nueva y ya
habla sido iniciada por Pablo VI, al levantar el anatema que los legados
pontificios habían fulminado contra Miguel Cerulario en 1054, o al suprimir de la
liturgia pascual las recriminaciones contra los "pérfidos judíos". Algunos católicos se han preguntado por
qué actúa así el Santo Padre y qué significado tienen tales intervenciones
pontificias. Se arguye que el Papa no está autorizado para pedir perdón en nombre de la
Iglesia por errores pasados, puesto que nadie, se dice, es responsable de las
equivocaciones de sus antecesores. Otros van más allá, señalando que los
"errores", ahora reconocidos aparecen como tales sólo cuando se juzgan desde
una perspectiva descontextualizada, o sea, anacrónica. En otros términos: que cada
época ha tenido su propio afán y su manera de ver las cosas, y que resulta injustificado
acusar a un pueblo apelando a valores que en otras épocas no se conocían o que entonces
no eran prioritarios. Tales puntos de vista se confirmarían, además, con la epístola de San Pablo a Filemón, que no habría condenado "expresamente", la esclavitud, o con los pasajes supuestamente misóginos de las epístolas a los corintios o, en su caso extremo, con la actitud del mismo Jesucristo, que no habría venido a abolir la Ley o los profetas, sino a darles su pleno cumplimiento.
APUNTES TEOLÓGICOS El tema, como puede comprenderse, tiene,
más allá de los debates concretos y la valoración histérica de las circunstancias
particulares, una enjundia teológica notable, que merece la pena apuntar, aunque sólo
brevemente. En primer lugar, la petición de perdón
por los antitestimonios expresa la idea -fundamental para la eclesiología católica- que
los bautizados constituimos un sólo linaje, o sea, una sola familia o un sólo pueblo,
como recuerda San Pedro: "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido". En caso contrario, no podría considerarse el pecado original originado
como un verdadero pecado, es decir, un pecado estrictamente propio, verdaderamente tenido,
aunque no cometido. En linea de máxima, la argumentación paulina de que Cristo cargó
con nuestros pecados, se apoya en el hecho de que Cristo es de nuestro linaje. Si no
hubiese sido "uno de nosotros", nosotros permaneceríamos todavía en nuestro
pecado. Así pues, la unidad de linaje confiere a la Pasión "bajo Poncio
Pilato", todo su valor soteriológico. En segundo lugar, la solidaridad de unos con otros, por encima del tiempo, constituye un tema bíblico, que se repite hasta la saciedad en la Sagrada Escritura. Abrahán fue en sus descendientes; David edificó el templo en su hijo Salomón; el mismo David purgó su pecado en el hijo adulterino que murió, y por su personal soberbia, su pueblo sufrió la peste. Ajab, arrepentido a última hora, recibió la condena en su sucesor. Maria será bendita en todas las generaciones. Jesús mismo, camino del Gólgota, anunció un castigo que se abatirla sobre una generación judía posterior. San Pablo se angustió, sintiéndose solidario con el destino de su pueblo...
UNIDAD DEL GÉNERO HUMANO Muchos son los católicos que han intuido
la extraña unidad del género humano y sus consecuencias. La humanidad, en efecto,
constituye como un cuerpo viviente que supera las barreras de espacio y tiempo. Las
consecuencias teológicas de este aserto son innumerables y de suma importancia. Por
ejemplo: entre los teólogos proféticos de la evangelización fundante americana (Bartolomé
de Las Casas entre ellos) se lee con frecuencia que la "destrucción"
demográfica de las Indias es un castigo a la metrópoli por el mal comportamiento de los
conquistadores. Los anteriores ejemplos, que podrían
multiplicarse, muestran una profunda e inequívoca comunión humana. Ésta traduce
temporalmente, es decir, en categorías histéricas, la misteriosa unidad del Cuerpo
místico, y es signo de las bodas del Cordero celestial. La Iglesia in terris es
sacramento de la Iglesia in Patria, donde nadie se sentirá extranjero, es decir,
los santos vivirán unidos y todo lo tendrán en común, llevando a la plenitud la
experiencia de Pentecostés. La patrística intuyó incluso la estrecha solidaridad entre el mundo humano y el mundo angélico. Las "sillas vacias" de la fiesta celestial, vacantes por la infidelidad de los demonios, serán cubiertas por los hombres que se salven. Cuando se alcance el número de los elegidos, entonces cesará la historia. En definitiva, el juicio universal, tan bellamente descrito por Cristo y trasmitido por el evangelio de San Mateo, constituye una prueba definitiva de que no somos mutuamente extraños en nuestra suerte, sino que, por el contrario, somos solidarios y corresponsables, en Cristo, de todos nuestros actos. Nuestras actuaciones, incluso las inmanentes, tienen repercusión social. EN EL JUBILEO En plena preparación del jubileo del
año 2000, ¿por qué sorprenderse de que el Santo Padre pida perdón por los
"errores histéricos" de la Iglesia? En la medida en que esto sea posible,
mientras corre todavía la historia, conviene tomarse muy en serio el jubileo. La
legislación mosaica lo entendía como una "ley de punto y final, o de "borrón
y cuenta nueva". ¿Por qué no pedir perdón a Dios y a los hermanos perjudicados por
nuestros antitestimonios? En otros términos, ¿por qué no reconocer que algunos de
nuestra familia se portaron mal? Por ello es justo que "la Iglesia
asuma una conciencia más viva del pecado de sus hijos recordando todas /as
circunstancias en /as que, a lo largo de la historia, se han alejado del Espirita de
Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada
en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y de actuar que eran
verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo" ( Tertio Millennio adveniente,
23). Se ha dicho, con razón, que, ya
desde ahora, tales antitestimonios determinan un lugar teológico "propio
declarativo", según la terminología técnica, porque manifiestan la unidad de la
Iglesia en Cristo, más allá no sólo de toda raza y pueblo, sino del espacio y del
tiempo. Los antitestimonios constituyen, pues, un "locus", como también lo son,
y quizá con mayor motivo, la vida de los santos y las glorias cristianas de todos los
pueblos.
En la Conferencia de Santo Domingo de 1992, junto a /as alabanzas por la labor evangelizadora, al Papa no le importó "pedir perdón " por algunos excesos cometidos por cristianos en aquella época. SIN OBSTÁCULOS PARA LA REVISIÓN No hay nada en la doctrina católica que sea un obstáculo para una revisión, incluso profunda y drástica, de la propia historia. La infalibilidad, según la doctrina católica, sólo está asegurada a las formas de magisterio solemne, desde luego no a cualquier actuación concreta y contingente de los ministros, ni siquiera del Papa. [...] Está, además, lo que quizá sea la principal razón: el reconocimiento de la verdad. La verdad es, con el amor, lo que más acerca a Dios. No es excusa para olvidarla el hecho de que se trate de algo pasado o que se hayan de tener en cuenta los condicionamientos históricos. Rafael Gómez Pérez
FALLOS...
Y GRANDES MÉRITOS Hará bien la Iglesia en no exigir la
revisión ajena como premisa de la propia, pero haría bien la opinión pública en no
olvidar que matar, torturar, reprimir, expulsar, son realidades que se repiten desde el
principio de los tiempos. Es más, la Iglesia católica, junto con otras confesiones cristianas, es de las pocas instituciones que pueden presentar, junto a los fallos, grandes méritos. Fue la Iglesia la que inicia los hospitales, los hospicios, las escuelas, las universidades. Millones de cristianos, en todo el mundo, se han dedicado a una tarea misionera que era también de asistencia, de caridad heroica hasta el martirio. Y hasta el día de hoy, como lo demuestra la muerte de los cuatro hermanos maristas en el Zaire o los religiosos martirizados por terroristas en Argelia. Rafael Gómez Pérez
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