| SOCIODEMENCIA | |
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Se podría definir como la locura de una sociedad permisiva del aborto. ¿Es posible que sea legal -permitido por la ley- matar un ser humano a los dos meses?. Si esto sucede porque se ponen de acuerdo -lo que se llama consenso- unos cuantos, habría que preguntarse con grandes temores y angustias sobre el futuro que le espera a cualquier miembro de esa sociedad; es decir. que se podría matar legalmente a cualquiera ya que la persona humana no vale por lo que es, sino por lo que la ley diga que es. Porque, si los que mandan y quienes les votan se ponen de acuerdo otra vez en que sea legal matar a una persona a partir de los setenta y cinco años, entonces no habría ningún jubilado, sólo cuarentones y cincuentones que nunca llegarían a ancianos; una sociedad sometida a la tiranía de los jovencitos. Si, por el contrario, esos mismos se ponen de acuerdo en masacrar legalmente a los menores de dieciocho, entonces los más pequeños comenzarían su andadura con el servicio militar y además no habría niños, sólo tiranos viejos. Esto que suena a ciencia-ficción de la mala y a pesadilla de noche borrascosa es lo que sucede con la traída y llevada ley de plazos. Repito la pregunta a una sociedad culta, madura, responsable y consciente: ¿Es posible que sea legal -permitido por la ley- matar un ser humano a los dos meses?... ¿y por qué no a los cinco años... o a los treinta y ocho? ¿En qué se funda la ley -recuerdo que la ley para ser tal ha de ser "razonable", si no es así, es una ley despótica, opresiva, injusta y abusiva- para permitir la muerte de inocentes a los ochenta y cinco días y no a los doscientos cuarenta? Dejar sometida la esencia constituyente de la sociedad a la opinión voluble de las mayorías no es serio. Por ese camino la democracia podría resultar una palabra hueca y vacía de contenido. "Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción, al menos hasta un cierto número de días, no puede ser todavía considerado como una vida humana personal. En realidad, desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una nueva vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre... la genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese ser viviente: una persona, un individuo con sus características ya bien determinadas. Con la fecundación se inicia la aventura de una vida humana, cuyas principales capacidades requieren un tiempo para desarrollarse y para poder actuar. Aunque la presencia de un alma espiritual no puede deducirse de la observación de ningún dato experimental, las mismas conclusiones de la ciencia sobre el embrión humano ofrecen una indicación preciosa para discernir racionalmente una presencia personal desde este primer surgir de la vida humana: ¿cómo un individuo humano podría no ser persona humana? Por lo demás, está en juego algo tan importante que, desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano. Precisamente por esto, más allá de los debates científicos y de las mismas afirmaciones filosóficas en las que el Magisterio no se ha comprometido expresamente, la Iglesia siempre ha enseñado, y sigue enseñando, que al fruto de la generación humana, desde el primer momento de su existencia, se ha de garantizar el respeto incondicional que moralmente se debe al ser humano en su totalidad y unidad corporal y espiritual. El ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de su concepción y, por eso, a partir de ese mismo momento se le deben reconocer los derechos de la persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano inocente a la vida". (Evangelium Vitae, Nº 60)
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