| PRIMER DERECHO | |
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Reconocemos todos, sí todos, los horrores de la guerra. Nos da miedo el terrorismo con el que a veces mueren tantas personas inocentes. Nos aterran las angustias de un secuestro. Nos sentimos mal cuando tenemos noticias de que tal o cual familiar o vecino ha sido maltratado en la calle por gente de mal vivir. Cuando tenemos noticias de alguno de estos sucesos, se produce en nosotros un estado de ánimo que va desde la protesta enérgica contra los prepotentes hasta la rabia que deja la impotencia. Es tan duro contemplar el desprecio por la vida de las personas... Esta sociedad que tiene a gala preocuparse de la defensa a ultranza de los derechos de todos por igual ¿se ha parado a pensar lo que sucede cada vez que se aborta?. Evidentemente hay una contradicción, una mentira: no puede pretenderse de verdad y en serio la defensa de los "derechos humanos" y facilitar la muerte del ser humano más inocente. Posiblemente las palabras autorizadas que transcribo a continuación nos ayuden a entender las atrocidades que los proabortistas disimulan. "La gravedad moral del aborto procurado se manifiesta en toda su verdad si se reconoce que se trata de un homicidio y, en particular, si se consideran las circunstancias específicas que lo cualifican. Quien se elimina es un ser humano que empieza a vivir, es decir, lo más inocente que en absoluto se pueda imaginar: ¡jamás podrá ser considerado un agresor, y menos aún un agresor injusto! Es débil, inerme, hasta el punto de estar privado incluso de aquella mínima forma de defensa que constituye la fuerza implorante de los gemidos y del llanto del recién nacido. Se halla totalmente confiado a la protección y al cuidado de la mujer que lo lleva en su seno. Sin embargo, a veces, es precisamente ella, la madre, quien decide y pide su eliminación, e incluso la procura. Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso, en cuanto que la decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia, sino porque se quisieran preservar algunos bienes importantes, como la propia salud o un nivel de vida digno para los demás miembros de la familia. A veces se temen para el que ha de nacer tales condiciones de existencia que hacen pensar que para él lo mejor sería no nacer. Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente". (Evangelium Vitae, nº58)
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