NADA NI NADIE

Dentro de nuestra cultura ha fallado algún resorte que hace peligrar su misma supervivencia en el tiempo. Me estoy refiriendo a la pérdida de su mismo fundamento, a la base: el respeto inviolable a todo individuo humano inocente. Si se pierde de vista la dignidad que tiene el ser humano por el hecho de ser hombre, si no se respeta su dignidad, entonces la sociedad entera queda desprotegida y a merced de la tiranía de los que más puedan, bien sean los que tienen el poder político, o el económico o social. Posiblemente las palabras del Papa en su Encíclica Evangelium Vitae, con su claridad conocida, su libertad e independencia, nos ayuden a situar nuestros criterios en el cauce irrenunciable de la verdad.

" ... Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón, es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal.

La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno. En efecto, es una desobediencia grave a la ley moral, más aún, a Dios mismo, su autor y garante, y contradice las virtudes fundamentales de la justicia y de la caridad. Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Cada ser humano inocente es absolutamente igual a todos los demás en el derecho a la vida. Esta igualdad es la base de toda auténtica relación social que, para ser verdadera, debe fundamentarse sobre la verdad y la justicia, reconociendo y tutelando a cada hombre y a cada mujer como persona y no como una cosa de la que se puede disponer. Ante la norma moral que prohibe la eliminación directa de un ser humano inocente no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales". (Evangelium Vitae, nº57)