FORMACIÓN

Cuando era pequeño yo oí la expresión cura de misa y olla para significar el poco cultivo intelectual de aquel clérigo. Hoy se podría emplear la formulación cristianos de misa y olla para indicar a los católicos que no disponen, en su bagaje intelectual, de razones suficientes para contestar desde la fe a las interpelaciones del mundo y de la cultura en que viven. En resumidas cuentas, ser de misa y olla es índice de falta de formación.

Si falta formación religiosa y moral, el creyente que quiere seguir siéndolo, queda abocado a una situación de subjetivismo, es decir, al peligro de hacerse una religión a su manera que, en el mejor de los casos, se manifiesta en vivir como los que se mueven por criterios materialistas y mundanos y luego procuran dejar una parte de su vida dedicada al rezo. Es como llevar una doble vida. Algo así como lo que afirma el dicho popular de "encender una vela a San Miguel y otra al Diablo".

Quizá por esto no es difícil encontrarse con católicos muy buenos en el templo -piadosos, reconocedores de la grandeza de Dios, rezadores, fieles a la Misa dominical, etc.- y malos en la calle -defraudadores, injustos, chismosos, con falta de respeto por la vida humana, impuros y egoístas-.

Es por eso que el Papa, conocedor de nuestro agitado mundo, solicite con urgencia, para el bien de los católicos en particular y de la Iglesia y del mundo en general, una apremiante formación de las conciencias que favorezca la coherencia y unidad de vida de los católicos.

"Se debe comenzar por la renovación de la cultura de la vida dentro de las mismas comunidades cristianas. Muy a menudo los creyentes, incluso quienes participan activamente en la vida eclesial, caen en una especie de separación entre la fe cristiana y sus exigencias éticas con respecto a la vida, llegando así al subjetivismo moral y a ciertos comportamientos inaceptables. Ante esto debemos preguntarnos con gran lucidez y valentía, qué cultura de la vida se difunde hoy entre los cristianos, las familias, los grupos y comunidades de nuestra Diócesis. Con la misma claridad y decisión, debemos determinar qué pasos hemos de dar para servir a la vida según la plenitud de su verdad. Al mismo tiempo, debemos promover un diálogo serio y profundo con todos, incluidos los no creyentes, sobre los problemas fundamentales de la vida humana, tanto en lo lugares de elaboración del pensamiento, como en los diversos ámbitos profesionales y allí donde se desenvuelve cotidianamente la existencia de cada uno.

El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo inseparable entre la vida y la libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad. Ambas realidades guardan además una relación innata y peculiar, que las vincula indisolublemente: la vocación al amor. Este amor, como don sincero de sí, es el sentido más verdadero de la vida y de la persona." (Encíclica EVANGELIUM VITAE, nº 95-96. )