DUELE Y VALE

Dos componentes poderosos de lo que el Papa llama una "cultura de muerte": el hedonismo, que intenta hacer creer al hombre que está hecho para el placer y el materialismo práctico que induce al hombre a considerar sólo lo útil de las cosas. Juntos los dos transmiten a la persona inficionada de este modo de pensar una forma práctica de vivir que tiene estas manifestaciones: buscar lo útil, lo cómodo, lo práctico, lo palpable, lo placentero a costa de lo que sea. Cuando esto no es posible, no tiene sentido vivir, y entonces, en sus manifestaciones últimas, entra en juego el suicidio, la eutanasia y el aborto. Como se ve esta filosofía está cerrada al sentido de trascendencia del hombre y lo ciega con respecto a los valores del espíritu y a la consideración fundamental de la otra vida. Es decir, hace del hombre un ser para el placer.

Con este planteamiento, la muerte se empieza a considerar como el mayor de los males posibles y el sufrimiento y dolor, que poco a poco van preparando la muerte, como una situación abominable de la que es preciso huir como sea.

Inútil ocultar el hecho de la muerte, del dolor y del sufrimiento propio y ajeno. La visión cristiana de la muerte es triunfo con Cristo; el sufrimiento de ayer y de hoy, con Cristo, duele y vale.

"La labor educativa debe tener en cuenta también el sufrimiento y la muerte. En realidad forman parte de la experiencia humana, y es vano, además de equivocado, tratar de ocultarlos o descartarlos. Al contrario, se debe ayudar a cada uno a comprender, en la realidad concreta y difícil, su misterio profundo. El dolor y el sufrimiento tienen también un sentido y un valor, cuando se viven en estrecha relación con el amor recibido y entregado. En este sentido he querido que se celebre cada año la Jornada Mundial del Enfermo, destacando el carácter salvífico del ofrecimiento del sacrificio que, vivido en comunión con Cristo, pertenece a la esencia misma de la redención. Por otra parte, incluso la muerte es algo más que una aventura sin esperanza: es la puerta de la existencia que se proyecta hacia la eternidad y, para quienes la viven en Cristo, es experiencia de participación en su misterio de muerte y resurrección". (Encíclica EVANGELIUM VITAE, nº 97.)