CASAMIENTO

Ella, para no estar aburrida y sola; él, para que alguien la planche la corbata; los dos, para ser abrigo cálido en los largos inviernos. Esto que suena a rancio novelón de épocas pasadas. se reproduce cada vez que, con distintos matices, una pareja decide casarse sin advertencia cabal de lo que significan las responsabilidades definitivas del matrimonio, y sin asumir los compromisos que se contraen ante Dios, los hijos futuros, la Iglesia y la sociedad.

La matrimonial es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza -la de ser comunidad de vida y de amor- y de su misión -custodiar, revelar y comunicar el amor-.

Se trata del amor mismo de Dios, cuyos colaboradores y como intérpretes en la transmisión de la vida y en su educación, según el designo del Padre, son los padres. Es, pues, el amor que se hace gratuidad, entrega: en la familia cada uno es reconocido, respetado y honrado por ser persona y, si hay alguno más necesitado, la atención hacia él es más intensa y viva.

El Estado debería tratar como a la niña de los ojos a la familia ya que es su institución constituyente. En la Iglesia se la mima con prodigalidad.

"Si es cierto que el futuro de la humanidad se fragua en la familia, se debe reconocer que las actuales condiciones sociales, económicas y culturales hacen con frecuencia más ardua y difícil la misión de la familia al servicio de la vida. Para que pueda realizar su vocación de santuario de la vida, como célula de una sociedad que ama y acoge la vida, es necesario y urgente que la familia misma sea ayudada y apoyada. Las sociedades y los Estados deben asegurarle todo el apoyo, incluso económico, que es necesario para que las familias puedan responder de un modo más humano a sus propios problemas. Por su parte, la Iglesia debe promover incansablemente una pastoral familiar que ayude a cada familia a redescubrir y vivir con alegría y valor su misión en relación con el Evangelio de la vida". (Evangelium Vitae, nº 94).