CAMBIAR EL NOMBRE


 A veces, para que una mentira cuele hay que cambiar a las cosas de nombre. Voy a ver si me explico. ¿Qué pasaría si a una persona normal, a usted mismo, por ejemplo, le preguntaran a bocajarro si estaría dispuesto a cometer un asesinato?. Una vez repuesto del susto, del asombro y del malestar que lleva consigo semejante interrogación, la respuesta sería una negativa sin fisuras. Imaginemos la reacción si, además, la supuesta vida que está en juego fuera la de un ser humano inocente.

Por odio a Dios, por resentimientos ancestrales, o por otros motivos inconfesables, algunos pretenden colar una mentalidad que desprecia la vida humana, una mentalidad de muerte. Estos encuentran un camino que en ocasiones les da resultado, aunque debilita la conciencia de las personas poco formadas o débiles en su pensamiento: deciden cambiar el nombre de las cosas. Eso ha sucedido en nuestro entorno cultural en el caso del aborto.

Es difícil, por no decir imposible, encontrar una persona normal que acepte o admita como asunto de poca monta "matar un niño antes de que nazca". Pero si a ese asesinato se le empieza a dar un nombre confuso y rocambolesco, puede que la conciencia de personas sencillas con menos formación no muestre un rechazo tan definitivo.

La enseñanza del Papa es clarificadora:

"Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como "crímenes nefandos".

Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresi-vamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del Profeta: "¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal!". Precisamente en el caso del aborto se percibe la difusión de una terminología ambigua, como la de "interrupción del embarazo" que tiende a ocultar su verdadera naturaleza y a atenuar su gravedad en la opinión pública. Quizás este fenómeno lingüístico sea síntoma de un malestar de las conciencias. Pero ninguna palabra puede cambiar la realidad de las cosas: el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento". (Evangelium Vitae, nº58)